Colaboraciones

Omar Ortiz Forero: ‘Escribo para hacerme el valiente’. Una entrevista de Petruvska Simne. XXVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos

 


PALABRAS DE UN VIEJO GUERRERO.
Luego de los azarosos tiempos de trompetas
y estandartes,
cuando las mujeres cabeza de pájaro
reinaban en acantilados
y en islas perdidas.
Mi padre, la mano izquierda puesta sobre su vieja cicatriz,
decía a quien quisiera oír:
“Hace años nuestros mayores transitaron el sendero de la guerra.
Vencieron. Hoy, seremos vencidos.
Grave y dolorosa es la victoria”.
Omar Ortiz Forero

 

No hay un manual para ser poeta ni un libro de instrucciones ni siquiera nadie sabría especificar cuáles son los requisitos previos para dedicarse a la búsqueda de la metáfora perfecta, la palabra definitoria, el poema que asombre por su carga de belleza y autenticidad.
Lo que sí se puede decir es que para ser poeta basta tener una inclinación natural al desasosiego, a la búsqueda de respuestas, al deseo consciente de definir la realidad, de vislumbrar con palabras esto que somos y darle un sentido profundo y verdadero a la vida.
Omar Ortiz Forero es esa clase de poetas en quien se percibe honestidad en la manera de abordar la poesía y todo lo que se refiere al quehacer poético, no en balde lleva más de treinta años promocionando la creación de otros tantos poetas en su publicación, Luna Nueva, Revista para Nocheros, además de dedicarse a definir su camino en la poesía con una entrega rotunda y sincera.

Una vasta variedad de sentimientos y sensaciones son utilizadas por Ortiz para escribir sus poemas, logrando mostrar una dimensión poética de la vida

Poeta, escritor y gestor cultural nació en Bogotá en 1950. Reside en Tuluá donde ha desarrollado toda su actividad creativa y profesional. Estudió leyes en la Universidad Santo Tomás. Ha publicado: La tierra y el éter (1979), Que junda el junde (1982), Las muchachas del circo (1986), Diez regiones (1987), Los espejos del olvido (1991), Un jardín para milena (1993), El libro de las cosas (Premio de poesía Universidad de Antioquia, 1995) La luna en el espejo (1999), Diario de los seres anónimos (2002), Todos los carpinteros van al cielo (2011). El Diario de los seres anónimos, ampliado y corregido, fue publicado en España por la editorial La Mirada Malva, 2015, y la editorial francesa L’Harmattan publica en 2019 la versión bilingüe traducida por Yves Monino.

En 2022 la editorial New York Poetry Press en su colección Piedra de la locura, en homenaje a un poeta de lengua castellana, publicó la Antología Personal, bajo el título El árbol es un pueblo con alas.

Ha compilado los siguientes libros: El yagé y otros cuentos, de Germán Cardona Cruz, Luna Nueva, muestra de poesía Latinoamericana actual, Luna Nueva, once miradas a la poesía colombiana, Luna Nueva diez y siete miradas a la poesía colombina actual, Luna Nueva diez y nueve miradas a la poesía colombiana, Vivir la poesía, poetas en la UCEVA y Contar en Tuluá, narradores en la UCEVA.

La Universidad de Antioquia le concedió en 1995 el Premio Nacional de Poesía por su poemario El libro de las cosas, y la Alcaldía de Tuluá lo condecoró en 1997 con la medalla al Mérito Cultural Germán Cardona Cruz.

La Gobernación del Valle le otorgó el premio Reconocimiento a su obra y a su labor como promotor cultural.

Actualmente es profesor de tiempo completo de la Universidad Central del Valle de Tuluá, director del Centro Cultural “Gustavo Álvarez Gardeazábal”, y del Festival Internacional de Poesía de Cali.

Omar Ortiz Forero en la Sala Unamuno (foto de Jose Amador Martin)

¿En qué momento supo que la poesía sería su destino?

La verdad no podría precisar un momento especifico. Creo que fue un proceso que se inició cuando a mis cuatro años, comencé a oír de labios de una tía abuela, la tía Rosita, los cuentos de la tradición campesina de la región de Colombia de donde mi familia materna es originaria, la región del Tequendama, que toma su nombre de la cascada que según la leyenda fue obra del dios Muisca, Bachué, al romper con su cayado un lugar de la cordillera Central, para dar salida a las aguas del río Bogotá que habían inundado la sabana del mismo nombre. Y que continuó, una vez aprendí a leer, por la misma época, con el regalo que me hizo mi padre de los seis tomos del “Libro de oro de los niños”, una enciclopedia dedicada al territorio de la fantasía. Ese fue mi inicio en el siempre sorprendente reino de la imaginación, muy cercano a los reinos del sueño y del asombro.

¿Cómo se llaman sus padres? ¿Lo motivaron a leer? ¿a escribir?

Mi padre, de nombre Omar Arturo Ortiz, originario de la región del Valle del Cauca, de la ciudad de Tuluá, arribó muy joven a Bogotá como estudiante de Derecho en la Universidad Externado de Colombia, en los años 40 del siglo pasado. Mi madre, Beatriz Forero, llegó con sus hermanos y su madre viuda a Bogotá del pueblo de Anapoima, Cundinamarca, al fallecer su padre, victima de una enfermedad que diezmó a los combatientes liberales de la Guerra de los Mil Días, después que los generales insurrectos entregaron las armas a las fuerzas conservadoras. Curiosamente su arribo a la capital fue por los mismos años 40.
Mi madre era una gran lectora y como tal siempre estuvo pendiente de mi gusto por los libros y en general por los impresos, revistas, folletines, comics, que yo buscaba ávidamente. Cuando comencé a escribir, siempre fue generosa con sus comentarios.

¿Recuerda algún comentario de su padre, su madre o algún familiar al leer algunos de sus libros o de sus primeros escritos?

Mis primeros escritos publicados en las páginas de los suplementos literarios de algunos diarios colombianos como Vanguardia Liberal de Bucaramanga, El Tiempo y El Espectador de Bogotá, aunque causaron alborozo en la familia, no se percibían como un propósito de convertirme en un autor de libros, ya que por ese entonces los avatares de la acción política de izquierda era la parte mas notoria de mi cotidianidad y tal vez hacía presagiar que terminaría dedicándome a esos menesteres y no a algo tan inaprensible y complejo como la poesía.

¿De niño a que jugaba? ¿Con quién?   

Mi hermano Fernando, que me sigue, nació cuando yo tenía siete años. Así que los primeros tiempos de mi infancia me tocó ingeniármelas con amigos imaginarios que sacaba de las aventuras de Salgari o de las películas de oeste americano. Pero, una vez llegué al colegio agustiniano hice amistad con dos seres inolvidables, los hermanos Ángel, Edgar y Augusto, que vivían con su madre, la señora Lucrecia, como conserjes de una escuela pública a pocas cuadras de mi casa y que en las horas de vacancia escolar tenían a su disposición un amplio imperio de patios, zarzos, recovecos y sobre todo de grandes árboles de cerezas.

¿Enamoro a alguna joven en la adolescencia con algunos de sus poemas?

Confieso que de adolescente tuve una especie de Secretariado del Amor, pues era el encargado de redactar cartas donde se declaraban grandes amores o se reclamaban por sufridos abandonos de muchos de mis compañeros de pupitre. Fui exitoso en dicha correspondencia de la que nunca conocí a mis corresponsales, así que no sufrí el síndrome de Cyrano de Bergerac, por fortuna. En lo personal, aunque regalé en más de un ocasión el “Tu y Yo” de Paul Geraldy, sabía que el secreto del triunfo en el cortejo amoroso, en ese entonces, no eran los versos dedicados sino saber bailar.

 

Los poetas Pio Serrano (Cuba) y Omar Ortiz Forero (Colombia (foto de Jose Amador Martin)

¿Cuáles fueron sus primeras lecturas? ¿Lo motivaron a escribir o sencillamente escribía por una necesidad existencial?

“El libro de oro de los niños”, que he nombrado, era un compendio de poesía, cuento, historia, acertijos, adivinanzas, noticias científicas y pasajes del antiguo testamento. Esas fueron mis primeras lecturas. En poesía, inicié leyendo los poetas españoles de la generación del 27, especialmente León Felipe y Miguel Hernández, poetas que todavía hacen parte de mis lecturas de cabecera. Y en general me inicie en la literatura latinoamericana con libros como  “Poesía en Movimiento” que recoge lo mejor de la poesía mexicana de 1915 a 1966, de acuerdo con los criterios de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis; las novelas de Juan Rulfo, de Cortázar, en especial su libro de Cronopios, Famas y Esperanzas; García Márquez; José Donoso; Jorge Amado; Onetti; Horacio Quiroga; Borges; Sábato; Germán Espinosa; Pablo Palacio; Marvel Moreno y María Luisa Bombal, entre otros. Las literaturas portuguesa, italiana, francesa, inglesa, alemana, eslava y demás, han ido fortaleciendo mi bagaje a medida que sumo búsquedas y andaduras.

¿Le fue difícil publicar su primer libro? ¿Cómo fue ese proceso de recopilar los poemas? ¿De encontrar una editorial?

Una de las causas por las que me quedé a vivir en Tuluá, una vez terminé mis estudios de Derecho, fue el encontrar una persona que desde que leyó mis escritos siempre me impulsó a seguir adelante con la escritura. Ese amigo, Germán Cardona Cruz, al que yo llamo el sabio de Tuluá, era poseedor de una biblioteca asombrosa por la variedad y la calidad de los autores que reposaban en sus anaqueles. El tener la oportunidad de leer dichos tesoros me convenció que mi sitio en el mundo estaba ligado a esta ciudad donde, además, empecé a compilar los poemas que formaron un libro que publiqué con recursos propios y que hoy yace en un cariñoso y grato olvido.

¿Y en la actualidad sigue siendo arduo todo el asunto de las publicaciones?

Como es sabido, yo publico desde 1987 una revista de poesía, “Luna Nueva, Revista para Nocheros”. Son 37 años y este año saldrá en diciembre el número 50 de la revista. Uno pensaría que con ese recorrido están allanados los caminos de la publicación, pero sucede todo lo contrario, a medida que hacemos camino más tupida es la espesura. Cuando resolvimos los problemas de financiación de la revista pensamos que todo estaba ganado, no contábamos con la pandemia, con la escases y carestía mundial del papel, y ahora, por añadidura con las crisis de las litografías y el imparable auge del formato digital para todo tipo de impresos, ponen en peligro la continuidad de las publicaciones en papel.
En referencia a mis libros puedo decir que he contado con suerte en el campo editorial, ya que he podido publicar los doce títulos que conforman mi obra, sin tener que pagar por ello.

¿Termina o empieza algún poema cuando sueña?

Casi nunca recuerdo mis sueños. Pero si puedo empezar o terminar algún poema cuando leo, que es otra forma de soñar.

¿Cuál cree usted que es su libro más significativo en este momento?

El que estoy por escribir.

¿Cómo vive el proceso de su escritura, toma apuntes, reescribe? ¿Sufre la página en blanco?

Lo que me interesa en un determinado momento se va conformando en mi emoción hasta que me obliga a tomar notas sobre la mejor manera de abordar esa realidad para transformarla a mi manera. Tomo notas no muy ordenadamente, aunque de un tiempo para acá siempre cargo una pequeña libreta que me auxilia. Ese proceso de recopilación de notas puede acompañarse de una búsqueda de lecturas que juzgo necesarias para nutrir el empeño. Esta puede ser una manera de paliar la obsesión y encontrar un camino que permite darle cuerpo a las imágenes que pugnan por expresarse. Pero también ocurre que el cuerpo es invadido por una especie de huracán que irrumpe como una epifanía, y nos asalta sin permitir el más leve respiro para otra circunstancia o hecho que interfiera y pudiera distraernos y, sin previo aviso, terminamos poseídos por el demonio de la escritura.

¿Qué libro recomendaría para alguien que quiera conocer Tuluá? ¿Cómo es su gente? ¿Cómo se vive allí?

Recomendaría el libro “Dabeiba”, una novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal, donde se resuelven con mucho humor todas sus preguntas.

¿Qué le da miedo?

Que el miedo termine por subyugar al mundo.

¿Cómo fue ese momento, tan emotivo, cuando recibió el reconocimiento como Huésped Distinguido de Salamanca?

Ni en mis mejores sueños estaba la posibilidad de ser homenajeado en Salamanca, tanto por su Universidad como por su Ayuntamiento. Sé lo que significa la ciudad como faro y centinela de nuestra lengua, que a la orilla de su río tutelar fue tejiendo la urdimbre en que se expresaron los genios de la Época de Oro de la lengua castellana.

Es un gran honor que agradezco a Alfredo Pérez Alencart, por su generosidad, y la de todos los que hacen posible este encuentro entre ocho siglos de sabiduría y los bríos entusiastas del mestizaje americano.

¿Por qué escribe?

Para hacerme el valiente.

Omar Ortiz Forero (foto de Luis Aguiar)

MUESTRA DE SEIS POEMAS

ALBATROS

Frente a la ventana, el viejo marinero
Sueña las ballenas que navegan por su alma
Y que su ojo feroz no arponeó.
Su corazón es de verdad un único
Cementerio marino. No el del poema.
El que viaja en esa pequeña ola
Que rueda lentamente por su mejilla.

De Un jardín para Milena. 1992

EL ESPEJO

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma.
Si tal ocurriera, los asesinos caerían fulminados
y nada sucede cuando el torturador cruza y se peina.

OAXACA

Mientras Araceli lee a Sabines,
María prepara los revoltijos que usará en la limpia.
De la cocina llega un fuerte aroma a chocolate
que pone a salivar al poeta Herrera
quien prepara un mole negro.
La zapoteca me saca la camisa,
me palpa suavemente las costillas y con un puñado
de albahaca esparce sobre mi piel agua de clavelina mezclada con manzanillo,
-Para que los mayores te saquen el chingadazo de Tlacolula- dice.
En el Zócalo, los zapatistas leen a Flores Magón y preparan el sendero de los caracoles.
La mano de María pasa sobre mi cabeza untada de mezcal,
-Para que el señor de los estambres te permita el regreso-agrega.
Por el camino del peyote la otra María, la Sabina, encarna en el nanactl, el hongo
sagrado.
De la piedra verde, brotó el árbol y el mundo se posó en su copa,
Santa María El Tule, te invocamos.
El sol anidó en Cerro Santo y la milpa se esparció sobre la tierra.
-No es nada, no es nada. Ya pasará la molestia, hermanito-
me susurra María como cantando.
Del patio, llega la voz de Araceli:
“Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando,
La hermosa vida”.

GEOGRAFÍA

Dichoso quien ha visto el sol
Cuando la hoja del álamo es del color del vino.
Yo no se de primaveras, ni de otoños.
Me cuentan que la nieve, a veces, huele a sal.
Sé, eso sí, que en esta geografía donde habito
Los ríos arrastran la miseria y la sangre
Que abona la mata de café entes de la cosecha.
Sé también la historia de algún árbol.
Y puedo vislumbrar la orquídea
Que muere en lo mejor del deseo.
El hacha anticipa la aparente victoria de las tumbas.
Pero en la calle hay fiesta
Y la mujer que amo agota en su cuerpo las miradas
Y se ríe y me besa.

ARIOSTO FIGUEROA

No es El Mundo esta cantina descascarada por el tiempo.
En sus paredes no se lee ninguna historia, lejos la leyenda.
No hay muchachas, ni mezcal, ni siquiera asesinos.
Ningún gringo bebe aquí su último trago,
ni se juega la vida en veintiún vasos un poeta encendido.
Algunos parroquianos vienen y se aburren,
como se aburren con sus queridas o con el cura.
Si pasara un ángel nadie levantaría la copa en su nombre.
Sólo las moscas interrumpen la desesperanza.
Una mujer apareció una vez y pronunció tres palabras,
me casé con ella irresponsablemente.
Desde entonces entiendo el obstinado silencio de mis vecinos.

De Diario de los seres anónimos. (2001)

 

HECTOR FABIO DIAZ

Llevo encima el traje azul, la corbata naranja,
la camisa que tanto gusta a Margarita, la del 301,
los zapatos negros recién lustrados, una pinta de hombre,
como dijo mi madre después del beso ritual de despedida
En la Kodak me tomaron la foto para la solicitud de empleo.
Pero de pronto me empujaron a un auto,
Me pusieron dos armas en la cabeza
Y acabe tirado en una pocilga
Donde me preguntaban por gente desconocida.
No señor, decía y me pegaban.
Sí señor, respondía, e igual me pegaban. Duro, lo hacían,
como si no tuviera carne, ni huesos, ni sangre, ni alma.
Ya no tengo traje azul, ni corbata naranja,
ni puedo abrazar a Margarita.
Ahora soy una desteñida foto que mi madre
lleva a cuestas en plazas y desfiles.

 

Petruvska Simne. Narradora y crítica literaria venezolana (Carabobo, Venezuela, 1952). Ha trabajado como editora de la revista BCV Cultural y de las revistas Circunvalación del Sur, XI Festival de Teatro de Caracas y La Palabra Pintada, así como del suplemento cultural El Otro Cuerpo, del Ateneo de Caracas; la edición especial por el 61r aniversario del diario Últimas Noticias, y la mesa de redacción de El Diario de Caracas. Autora de la recopilación de crónicas Periodistas en su tinta (Alfadil, 2004), el libro de entrevistas Periodistas en la mira (Alfadil, 2004) y el libro de entrevistas a escritores ¿Por qué escriben los escritores? (Fundación para la Cultura Urbana, 2005).

Petruvska Simne

 




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